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Evelio Menjívar: Obispo de Virginia Occidental frente a migración y servicio

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Un pastor originario de Chalatenango, moldeado por su trayectoria migrante y apreciado por su trato directo con las comunidades, fue nombrado para liderar la diócesis de Wheeling-Charleston en Estados Unidos. Su recorrido entrelaza fe, formación y una entrega social hacia quienes abandonan su hogar en procura de un porvenir más prometedor.

El nombre de Evelio Menjívar Ayala adquiere hoy una presencia destacada dentro de la comunidad católica y entre la diáspora salvadoreña. El 1 de mayo de 2026, el papa León XIV lo designó como obispo de la diócesis de Wheeling-Charleston, en el estado de Virginia Occidental, luego de hacerse efectiva la renuncia por edad del obispo Mark Brennan. Con este nombramiento, Menjívar asumió la conducción de una jurisdicción eclesiástica que comprende todo el estado, un territorio amplio con realidades pastorales variadas que requerirán de él una visión extensa, sensible y profundamente cercana. Su incorporación al liderazgo diocesano está marcada por la memoria de aquel joven que salió de Chalatenango en momentos complejos, enfrentó de primera mano la incertidumbre del trayecto migrante y halló en la Iglesia no solo una vocación, sino también un camino para servir.

Orígenes y camino migrante

La biografía de Menjívar nace en el cantón Carasque, en Nueva Trinidad, Chalatenango, una región rural marcada por el conflicto armado que atravesó El Salvador. En ese entorno, la infancia estuvo mediada por el miedo, los desplazamientos y la necesidad de recomponer la vida una y otra vez. A los 11 años se vio obligado a dejar su comunidad junto con su familia, un episodio que, sin saberlo entonces, sembró en él la sensibilidad por las personas en movilidad y por quienes son empujados a migrar por razones que no eligieron. Ese primer desarraigo fue preámbulo de lo que vendría después: el tránsito hacia Estados Unidos en condiciones precarias, intentado más de una vez y consumado finalmente en 1990, cuando cruzó desde Tijuana a San Diego escondido en el maletero de un vehículo, acompañado de su hermano.

La etapa inicial en territorio estadounidense lo encontró como a tantos otros: sin papeles, con trabajos temporales y jornadas extenuantes en construcción, limpieza y oficios diversos. En sus propios términos, no ha ocultado esas vivencias ni ha querido mitificarlas; al contrario, las asume como parte de una verdad compartida por millones de migrantes que sostienen con su esfuerzo la vida cotidiana de un país entero. Ese contacto directo con la fragilidad, con la soledad y con la necesidad de salir adelante día a día, moldeó una espiritualidad encarnada, menos abstracta y más atenta a los dolores concretos de la gente.

Una vocación que toma forma lejos de casa

Aunque su interés por la vida de fe surgió en la adolescencia, cuando participaba en la pastoral juvenil de El Salvador, fue en Estados Unidos donde esa inquietud tomó forma de un llamado definido. Al integrarse en comunidades parroquiales vibrantes —primero en Los Ángeles y más adelante en Maryland— descubrió que la Iglesia podía funcionar simultáneamente como refugio y espacio formativo, como punto de encuentro y ámbito para servir. Desde ese entorno, de manera gradual, fue dando espacio a un proceso de discernimiento que terminaría guiándolo hacia el seminario y, posteriormente, al sacerdocio.

La formación que emprendió fue exigente y prolongada. Cursó filosofía en el seminario St. John Vianney, en Miami, y más adelante estudió teología en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Roma, una vivencia que amplió su perspectiva intelectual y lo conectó con la tradición teológica global. A ello añadió una especialización en movilidad humana en el Instituto Pontificio Scalabriniano, un enfoque que no representó un simple añadido académico, sino el eje que orientó su labor pastoral entre comunidades migrantes, refugiados y familias binacionales. Ordenado sacerdote en 2004, Menjívar emprendió un camino ministerial que lo condujo a parroquias de perfiles diversos dentro de la Arquidiócesis de Washington, donde combinó la atención sacramental con el acompañamiento social y la organización comunitaria.

Ministerios, parroquias y una Iglesia en movimiento

Su paso por parroquias como Mother Seton en Germantown, San Bartolomé en Bethesda y la Catedral de San Mateo Apóstol le dio diversidad de experiencias: desde la vida litúrgica propia de una catedral hasta el tejido cercano de comunidades suburbanas con fuerte presencia hispana. Más adelante, como párroco, condujo con especial dedicación a Nuestra Señora Reina de las Américas y a Santa María, en Maryland. Entre 2017 y 2023, su liderazgo en esta última consolidó un estilo pastoral basado en la escucha, la formación integral y la promoción de la participación laical. Ya entonces se advertía una constante: hacer de la parroquia un punto de encuentro para quienes llegan con historias de frontera, papeles en trámite, trabajos inestables y familias dispersas.

No se trata únicamente de administrar sacramentos o coordinar agendas, sino de animar redes. Por eso, en paralelo, participó activamente en consejos sacerdotales, juntas administrativas y espacios de articulación con organizaciones como Catholic Charities y Catholic Relief Services. Su presencia en el Comité de Comunicaciones de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos añadió otra capa: la convicción de que comunicar con claridad, humildad y cercanía es hoy una forma concreta de servicio eclesial.

Un reconocimiento que abrió nuevas puertas

El año 2023 marcó un punto decisivo. El cardenal Wilton Gregory lo designó como obispo auxiliar de Washington, y así Menjívar pasó a ser el primer salvadoreño en asumir ese encargo episcopal en Estados Unidos. El nombramiento añadió además la función de vicario general, una labor que requiere perspectiva estratégica, gestión íntegra y un acompañamiento pastoral amplio. Ese mismo impulso se extendió hasta 2024, cuando la Universidad de Georgetown le otorgó un Doctorado Honoris Causa, destacando su contribución a la integración de comunidades migrantes y su defensa de la dignidad de las personas en situación de movilidad. En ese marco, pronunció una frase que ha reiterado con frecuencia: no es posible permanecer indiferentes frente al sufrimiento injusto que obliga a tantos a partir al exilio. Era, y continúa siendo, toda una declaración de principios.

La diócesis de Wheeling-Charleston ante un nuevo ciclo

Con 55 años, Menjívar asume ahora la conducción de la diócesis de Wheeling-Charleston, una jurisdicción que cubre todo el territorio de Virginia Occidental. El mapa pastoral que encontrará combina zonas rurales extensas, comunidades pequeñas, parroquias que sostienen una fe perseverante y un entorno mayoritariamente anglosajón, muy distinto a las parroquias con alta presencia latina que acompañó durante décadas. Eso no implica ruptura, sino oportunidad: su experiencia con el dolor y la esperanza de los migrantes lo prepara para leer con sensibilidad otras periferias —el envejecimiento poblacional en ciertas áreas, la pérdida de empleo en sectores tradicionales, el aislamiento geográfico— y para proponer respuestas que pongan a la persona al centro.

El reto es considerable, pues guiar una diócesis completa implica coordinar presbíteros, diáconos, religiosas y laicos en torno a prioridades comunes: una evangelización que dialogue con el mundo actual, una formación que vincule fe y vida, una presencia social que no excluya a nadie y una gestión responsable de los recursos. Menjívar asume esta misión con una trayectoria que lo ha forjado en la resiliencia y con un sentido práctico visible en gestos concretos: cercanía durante las visitas, disposición a escuchar antes de emitir juicios precipitados y decisiones construidas a partir del diálogo.

Una voz que sostiene siempre la mirada puesta en los migrantes

Aunque el territorio diocesano tenga dinámicas propias, es previsible que el nuevo obispo continúe siendo una referencia para la diáspora salvadoreña y para otras comunidades latinoamericanas asentadas en Estados Unidos. Su palabra conserva credibilidad entre quienes han vivido el trayecto de la frontera y también entre quienes, desde la distancia, sostienen vínculos afectivos y económicos con sus lugares de origen. En esa intersección, el ministerio episcopal puede convertirse en puente: entre culturas y lenguas, entre realidades urbanas y rurales, entre católicos practicantes y quienes se sienten en los márgenes de la Iglesia.

Esta vocación de tender puentes no se limita a un mero lema; implica efectos tangibles: reforzar ministerios bilingües cuando sea necesario, acompañar a familias mixtas que enfrentan procesos migratorios exigentes, facilitar asesorías legales junto a instituciones confiables y cultivar una cultura del encuentro que atenúe prejuicios. En síntesis, se pretende que la Iglesia local plasme el rostro de quienes la integran y ofrezca en cada momento gestos genuinos de hospitalidad.

Retos y oportunidades de un tiempo exigente

El contexto actual plantea preguntas que atraviesan todas las diócesis: cómo se integra a los jóvenes en la vida eclesial, de qué manera se transmite la fe en hogares cada vez más diversos, cómo se oculta la pobreza en zonas que parecen estables, por qué la salud mental emerge como una urgencia silenciosa y hasta dónde debe llegar la transparencia en la gestión. A esto se añaden los cambios tecnológicos y culturales que modifican la manera de relacionarnos, acceder a información y participar. Menjívar arriba con una trayectoria que lo impulsa a evitar teorías distantes y a generar respuestas desde la base, atendiendo tanto lo espiritual como lo social. Es probable que su enfoque priorice lo fundamental: parroquias dinámicas, formación bíblica al alcance de todos, acompañamiento cercano a quienes atraviesan dificultades y una comunicación clara que permita mantener el vínculo con quienes se sienten apartados.

La trayectoria personal del nuevo obispo también apunta a una apuesta decidida por impulsar liderazgos laicales. En comunidades amplias y dispersas, la participación activa de mujeres y hombres comprometidos resulta esencial para sostener una presencia cercana en aquellos lugares donde el sacerdote no puede llegar siempre. Impulsar nuevos ministerios, velar por una liturgia con una sobriedad bella y fortalecer la labor caritativa con rigor profesional se perfilan como acciones concretas para una época que demanda coherencia más que palabras.

Un emblema para multitudes y un compromiso que no admite delegación

El nombramiento de Evelio Menjívar no solo marca un hito dentro de la Iglesia; también ilumina el trayecto de miles de salvadoreños que, como él, salieron un día con lo puesto y mucha esperanza. Ver a uno de los suyos al frente de una diócesis en Estados Unidos opera como señal de reconocimiento y de posibilidad. Pero el propio Menjívar sabe que el símbolo, por sí solo, no alcanza. La tarea real se juega en la cercanía diaria, en la rectitud de los procesos, en la escucha a las víctimas de cualquier forma de abuso o exclusión, en la atención a los pobres, y en la construcción de comunidades donde cada bautizado encuentre espacio para crecer y servir.

En su figura convergen la memoria de la frontera, la disciplina de los estudios formales y la escuela del trabajo cotidiano en parroquias vivas. Esa combinación le otorga herramientas para leer con hondura la realidad y para tomar decisiones que prioricen la dignidad humana por encima de cualquier cálculo. Al asumir Wheeling-Charleston, lleva consigo un equipaje que no se mide en títulos, sino en la fidelidad a una vocación que se ha hecho cargo de la fragilidad y la esperanza de su tiempo.

Proyectarse al futuro con una esperanza sensata

El inicio de un episcopado invita siempre a trazar horizontes. En el caso de Menjívar, ese horizonte pasa por consolidar una Iglesia que salga al encuentro, que acompañe procesos familiares complejos, que se haga cargo del dolor social sin perder la alegría del Evangelio y que administre con transparencia lo que la comunidad pone en sus manos. No se trata de prometer lo imposible, sino de poner en movimiento lo que, bien coordinado, ya existe: parroquias con historia, agentes pastorales generosos, laicos con formación y organizaciones que han hecho del servicio su misión.

Al final, la historia de Evelio Menjívar es la de un muchacho de Chalatenango que, entre desplazamientos y búsquedas, encontró en la Iglesia un modo de estar en el mundo y de cuidarlo. Hoy, como obispo de Wheeling-Charleston, está llamado a transformar esa biografía en un bien compartido, animando a una diócesis entera a mirar su realidad con ojos nuevos. Si lo consigue —y todo indica que trabajará para ello con constancia— su ministerio será, más que un ascenso personal, una buena noticia para quienes esperan que la fe se demuestre en obras y que la esperanza tenga, por fin, un rostro cercano.

Por Nuria Salas

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