Cada septiembre, el estruendo de tambores, trompetas y el brillante movimiento de batutas marca la memoria de miles de salvadoreños que, durante su juventud, participaron en actos cívicos y desfiles escolares. En estas celebraciones, las cachiporristas han ocupado un lugar privilegiado, destacándose por su disciplina, ritmo y energía, y convirtiéndose en uno de los elementos más esperados de las festividades del 15 de septiembre.
El inicio de esta costumbre se sitúa en los años 60 y 70, momento en el cual los grupos pioneros empezaron a aparecer en diferentes centros educativos del país, tales como el Colegio Superior de Comercio en San Miguel, la Escuela Dr. José Rosa Pacas en San Vicente y el Instituto Alejandro Humboldt en Ahuachapán. A lo largo de los años, sobre todo durante los 80 y 90, las cachiporristas lograron su máxima popularidad, convirtiéndose en un elemento fundamental de las festividades patrióticas.
Las imágenes de archivo de la época muestran cómo se construyó la estética clásica de las cachiporristas: botas blancas hasta la pantorrilla, zapatillas deportivas, faldas cortas, sombreros adornados con plumas y capas que se movían al compás de los tambores. En barrios y distritos como Santa Anita en San Salvador o Tejutla y Sonsonate, las jóvenes ejecutaban coreografías sencillas que atrapaban la atención de la comunidad y generaban aplausos de los espectadores. Estos primeros grupos sentaron las bases de una tradición que, con el tiempo, se consolidaría como un símbolo distintivo de los desfiles cívicos.
En los años 80, la rivalidad entre las escuelas por destacar con sus cachiporristas aumentó considerablemente. Se juzgaban las coreografías por factores como la precisión, el estilo y la originalidad, mientras que tanto las calles como los estadios estaban abarrotados de espectadores ansiosos de ver los desfiles. Un ejemplo es 1980, cuando el grupo del Instituto Nacional General Francisco Menéndez (INFRAMEN) fue fotografiado junto a su banda de paz en el Teleférico de San Salvador; además, en 1986 sus actuaciones fueron de las más aclamadas durante la celebración del 165.º aniversario de la independencia. En esos tiempos, la presencia de equipos en Cojutepeque, Sonsonate y otros municipios ratificó el arraigo de esta tradición a nivel nacional.
El atuendo distintivo de aquel tiempo consistía en botas altas o zapatillas, guantes, faldas ceñidas y bastones, convirtiéndose en un emblema de identidad y profesionalismo. Cada movimiento y paso mostraba las largas horas de práctica y el orgullo de representar a la institución educativa. A pesar del difícil contexto que atravesaba el país durante la guerra civil, las cachiporristas conseguían congregar a familias completas en torno al civismo, proporcionando un espacio de alegría y unión en medio de la tensión social y política.
La década de 1990 trajo consigo transformaciones significativas en el estilo y la presentación de las cachiporristas. Los uniformes comenzaron a incorporar colores más vivos, brillos y lentejuelas, mientras que las coreografías se hicieron más dinámicas, inspiradas en tendencias internacionales y en el pop de la época. Grupos del Thomas Jefferson de Sonsonate y del INFRAMEN lideraban los desfiles, y nombres como Doris Álvarez “La Rusa”, Yessenia Ivette Flores y Cibely Yesenia Cruz se convirtieron en referentes de esta tradición. Las fotografías de archivo y familiares de esos años aún circulan entre exalumnos como testimonio de lo que se considera la etapa dorada de las cachiporristas.
Otras localidades como Mejicanos, San Vicente, Nahulingo y Sonsonate también mantenían sus propias cuadrillas, participando con entusiasmo en los desfiles cívicos. Instituciones como el Centro Escolar Cristóbal Colón, la Escuela República de Francia y la Parroquial San Agustín contribuían con su energía a reforzar la presencia de esta tradición en todo el país. Hacia finales de la década, en 1999, las cachiporristas seguían encabezando los desfiles con la misma vitalidad que las caracterizó durante décadas.
Unirse a un equipo de cachiporristas en las décadas de los 80 y 90 representaba más que solo marchar; implicaba rigor, entrega y el deber de simbolizar con honor a la institución escolar. Para numerosas familias, la inclusión de hijas, nietas o hermanas era motivo de alegría, y cada danza realizada con exactitud provocaba entusiasmo entre los espectadores. En los desfiles nacionales, mientras las bandas establecían el ritmo, las cachiporristas añadían color, vitalidad y una presencia que transformaba las celebraciones en un espectáculo total.
Hoy en día, las fotografías de esas épocas, ya sean en blanco y negro o en color, despiertan sentimientos nostálgicos entre el pueblo salvadoreño. Las porristas de las décadas de 1980 y 1990 continúan siendo uno de los recuerdos más felices y representativos de las festividades cívicas, simbolizando juventud, disciplina y dedicación que dejaron huella en toda una generación. Aunque la tradición ha cambiado con el tiempo, sigue siendo un componente esencial de los desfiles patrios y de la cultura salvadoreña.

